Mahāmudrā, el gran gesto

por Beatriz Piris Niño

 

 

El 20 de abril de 2009 quedará para siempre asociado en mi memoria a Mahāmudrā. A Mahāmudrā y a la dificultad que tenemos, como alumnos, de comprender que un āsana, cualquiera que sea el que escojamos, pero Mahāmudrā en mayor medida, contiene en sí mismo todo lo necesario para iluminar nuestro viaje hacia el descubrimiento de nuestra verdadera identidad. La salud global, en yoga, se estimula en niveles mucho más profundos que el simple posicionamiento del cuerpo; enraíza en niveles que, a medida que los exploramos, abren el camino para que nuestra luz interna irradie hacia el exterior.
Ese día de abril estaba en uno de los seminarios de observación que Claude impartía durante la formación de profesores. En esos seminarios nos entrenábamos a la enseñanza individual del yoga. Hacíamos talleres en parejas y, cada tarde, abordábamos en grupo dos casos que Claude examinaba y corregía.
Isabelle (nombre ficticio), era una deportista entusiasta con pequeños problemas en la zona lumbar y que necesitaba estiramientos que compensasen su intensa práctica deportiva. Su problema era que no disponía de sitio suficientemente amplio para poder realizar una práctica completa. Es decir, que el espacio en el que practicaba le impedía hacer ciertas posturas como, por ejemplo, Jaṭharaparivṛtti o Parivṛtta Trikoṇāsana que requieren un movimiento amplio con los brazos en cruz. Esta limitación espacial le generaba frustración y alimentaba un profundo sentimiento de que su práctica estaba descompensada y, por lo tanto, no era válida. Aunque a muchos de nosotros esta limitación pueda parecernos más subjetiva que objetiva porque muchas de las posturas se pueden hacer en el espacio que ocupa nuestra esterilla, esto suponía para ella una sincera y profunda causa de sufrimiento.
Claude Maréchal, con los ojos brillantes y su sonrisa habitual le dijo: “¡tengo la solución, para ti!” —y, también a su modo, dejó que se extendiera por la sala un largo y expectante silencio. Con total convicción le propuso Mahāmudrā. “Vamos a ver—siguió— flexiona una pierna llevando la rodilla hacia atrás, encara la pierna extendida y agarra el pie con las dos manos. El objetivo es el enderezamiento dorsal.” Isabelle se puso en posición, con la rodilla ligeramente flexionada puesto que no tenía suficiente estiramiento isquiotibial. “Ves, mira que poquito sitio ocupa esta postura. Es la mejor postura de todas: mahā quiere decir que no hay más grande ni mejor y mudrā… ¡el camino que te llevará hacia el Ser interior! Te propongo que te conviertas en una especialista de Mahāmudrā: tienes tonicidad, por lo tanto, puedes permanecer en ella, completamente inmóvil, respirando profundamente largo tiempo. Si no puedes aún estirar las piernas, no pasa nada, todo eso llegará.” No solo Isabelle, todos le miramos desconcertados, pero él, siguió desarrollando su idea: “Puedes empezar con 8 respiraciones y progresar hasta 16. Compensa un lado con Pūrvottānāsana seis veces en dinámico, luego Apānāsana otras 6; descansas y repites lo mismo con la otra pierna. No dejes de hacer las contra-posturas, porque eliminan los efectos no deseados permitiendo conservar únicamente lo que haya que conservar.” Una clase magistral sobre Mahāmudrā en pocas frases.
Luego desarrolló el vinyāsa krama: “cuando llegues a 16 respiraciones cómodas, largas y profundas en una perfecta inmovilidad, puedes introducir ritmos. Empiezas desarrollando cómodamente 1. ½. 1. ½ para ir subiendo a 1. ½.1.1. Cuando bāhya kumbhaka sea suficientemente amplia y cómoda, entonces introduces uḍḍīyana bandha, sostenido por
mūlabandha por abajo y, por supuesto, por jālaṃdhara bandha por arriba. Puedes establecer una progresión (krama) que se aplica en dos niveles: por un lado, incrementas la retención a pulmones vacíos para preparar el organismo a uḍḍīyana bandha con el objetivo de conseguir un mínimo de 16 respiraciones en un ritmo 1.1/2.1.1 donde 1 sea de 10 segundos. Por el otro lado, cuando esta amplitud respiratoria esté bien establecida, vas introduciendo los bandha hasta conseguir instalar los tres bandha en las 8 respiraciones intermedias.”
Patañjali denomina saṃyama a este proceso de convertirse en alguien que gradualmente domina su objeto de interés (sūtra III.4); cuyo fruto es el conocimiento directo y completo (prajñā āloka) del objeto sobre el que se aplica.
El Haṭhayoga Pradīpikā le dedica a Mahāmudrā 9 śloka-s: nos dice que es una postura excelente para la espalda, para el fuego digestivo, para la simetría del cuerpo, para la interiorización; pero también para mejorar nuestra relación con el mundo exterior, ya que no estamos replegados sobre nosotros mismos como lo estaríamos en Jānuśīrṣāsana, sino erguidos, abiertos, con la espalda enderezada y el pecho hacia delante. Para Krishnamacharya, Mahāmudrā es la postura número uno, la más completa, contiene en sí misma todos los movimientos posibles de la columna y sobre ella se aplican las técnicas fundamentales de āsana y prāṇāyāma de ahí que su efecto sea completo. Claude Maréchal insistía en que Mahāmudrā contiene elementos de interiorización y de confianza; elementos activos e introspectivos: “la espalda se endereza, la parte posterior del cuerpo se estira, sentimos la apertura del yo hacia el exterior en el tórax, pero el talón contra el perineo es introversión, realmente es una postura completa.” (Revista viniyoga nº61)
Nunca supe si Isabelle terminó convirtiéndose en una especialista de Mahāmudrā, sí que puedo decir que durante un año, a partir de ese seminario, asumí el reto de avanzar por esa postura a mi ritmo, ampliando progresivamente la respiración, las retenciones y colocando bandha-s. A día de hoy, 15 años más tarde, Mahāmudrā tiene asegurado su propio hueco en mi práctica personal, y una vez por semana, rememoro con cariño la sonrisa astuta de Claude, cuando no solo a Isabelle, sino a todo el grupo, nos desafiaba con ojos brillantes a explorar esta postura.

Asociación ETY Viniyoga España
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